Leyendas medievales aragonesas, españolas y europeas

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Leyendas aragonesas

La Virgen del Pilar

El apóstol Santiago el Mayor fue el que vino a España a predicar la nueva fe de Cristo en tiempos de los romanos. De ahí viene el famoso grito de guerra de los cristianos, cuando entraban en lid con los musulmanes: "¡Santiago y cierra España (a los musulmanes)!". Bien, pues según la tradición, Santiago se encontraba en la ciudad de Caesar Augusta, que hoy es Zaragoza, predicando el mensaje de Jesús y deseoso de evangelizar y convertir a los paganos. Pero no hallaba cómo convencer a aquellos descreídos de la verdad de la nueva fe. Así que estaba muy desmoralizado y pensando que tendría que volver a Jerusalén diciendo a sus colegas apóstoles que no había podido evangelizar a la pagana Hispania.

Pero todo cambió a orillas del Ebro, en el año 40 d. de C. Porque allí se le apareció la Virgen, sabedora de que el bueno de Santiago no daba una a derechas con aquella tarea tan difícil de la conversión de infieles. Se presentó ante él de pie sobre un pilar, al ladico mismo del Ebro. Y Santiago, agradecido a Nuestra Señora, mandó llamar a todos los cristianos de Caesar Augusta (que, de aquella, no eran muy numerosos) y levantaron entre todos un modesto templo dedicado al culto de la Virgen María, cuya imagen fue puesta sobre un pilar o columna, nuestro Pilar. Y de ahí, la tradición.

La Virgen del Pilar y el milagro de Calanda

San Jorge y el dragón

San Jorge y el dragón

En la ciudad de Silca (en la provincia de Libia), vivía un gran dragón que causaba daños entre la población y los animales. Para tranquilizarlo, los habitantes del pueblo acordaron dar al dragón una persona en sacrificio y, para ello, todos los días, se realizaba un sorteo en el que salía elegida la persona que debía ser entregada al dragón. Un mal día, le tocó a la hija del rey.

La princesa abandonó la ciudad con resignación en dirección hacia el dragón. De pronto, apareció un joven caballero con armadura, montado sobre un caballo blanco. El caballero estaba dispuesto a salvarla a ella y a todos los habitantes del pueblo. Se enfrentó al dragón y libraron una gran batalla hasta que San Jorge le incrustó al dragón una gran lanza en el pecho. De la sangre que derramó el dragón, nació un hermoso rosal que Jorge entregó a la princesa después de haber ganado la batalla.

La leyenda del Santo Grial y Huesca

Una de las tradiciones más interesantes que tenemos en Aragón afirma que el legendario Santo Grial fue escondido durante siglos en las montañas de Huesca y custodiado en el Monasterio de Juan de la Peña, en la comarca de la Jacetania. Conocedor de esta tradición, el rey Martín I el Humano se hizo con esta preciada reliquia y la trasladó a Zaragoza en 1399 aunque, posteriormente, Alfonso V la depositó en la catedral de Valencia, donde se venera desde 1347 con el nombre de Santo Cáliz.

Con el término Santo Grial se conoce desde muy antiguo a la copa que utilizó Jesucristo en la Última Cena para instituir el sacramento de la Eucaristía. Por lo tanto, es considerada una de las reliquias más importantes de la cristiandad. Otras tradiciones afirman que, al día siguiente, José de Arimatea también recogió en él la sangre que brotaba del cuerpo de Jesús en la cruz o quizá pudo ser la que limpió de su cuerpo antes de enterrarlo en el sepulcro. En cualquier caso, se trata de una vaso de especial importancia porque contuvo la sangre de Jesucristo.

Generaciones de hombres han ansiado su posesión y se han dedicado a buscarlo hasta la actualidad, convirtiendo este concepto en todo un icono de lo misterioso. Encontrarlo fue obsesión de los templarios e incluso de los dirigentes nazis. El hecho de haber estado en contacto directo con la sangre de Jesucristo alimentó la creencia de que esta reliquia tenía unos poderes extraordinarios. En el cine, en las películas del famoso arqueólogo Indiana Jones salen el Santo Grial y el Arca de la Alianza, dos de las reliquias más preciadas de la cristiandad y pretendidas ambas por el régimen nacionalsocialista alemán.

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Los corporales de Daroca

La campana de Huesca

Tras la muerte en 1134 de Alfonso I el Batallador sin hijos, heredó el reino de Aragón su hermano Ramiro II el Monje, obispo de Roda de Isábena. Aragón sufría por entonces diversos problemas internos y externos.

Según cuenta la Crónica de San Juan de la Peña (siglo XIV), estando Ramiro II preocupado por la desobediencia de sus nobles mandó un mensajero a su antiguo maestro, el abad de San Ponce de Tomeras, pidiéndole consejo. Este llevó al mensajero al huerto y cortó unas coles (algunas veces se habla de rosas), aquellas que sobresalían más. A continuación ordenó al mensajero repetir al rey el gesto que había visto. Ramiro II hizo llamar a los principales nobles para que vinieran a Huesca, con la excusa de hacer una campana que se oyera en todo el reino. Una vez allí, hizo cortar la cabeza a los nobles más culpables, sofocando la revuelta.

La primera mención de esta leyenda la recoge la versión en latín de la Crónica de San Juan de la Peña, también conocida como la crónica pinatense, que fue redactada dos siglos después del reinado de Ramiro II por mandato del rey Pedro IV el Ceremonioso. La forma popular desarrolla algo más el hecho: el rey convocó Cortes e hizo venir a todos los nobles del reino para que vieran una campana que se oiría en todo el reino. A los rebeldes los hizo entrar de uno en uno en la sala y fue decapitándolos según iban entrando. Una vez muertos, los colocó en círculo y la del obispo de Jaca, el más rebelde, la colocó en el centro como badajo. Luego dejó entrar a los demás para que escarmentaran.

Los amantes de Teruel

Juan Diego Martínez e Isabel, pertenecían a dos de las grandes familias de la ciudad de Teruel, los Marcilla y los Segura. Él era un Marcilla e Isabel era hija de Pedro Segura.

Isabel y Diego, mencionado casi siempre en los relatos como Marcilla, se conocían desde la infancia y, al llegar a la edad adulta, éste le confesó su amor y el deseo de tomarla como esposa. Ella quería lo mismo, pero no accedería sin el consentimiento de su familia. Los tiempos habían cambiado y la familia Marcilla no pasaba por uno de sus mejores momentos económicos. El padre de Isabel se negó en rotundo a este enlace por esa cuestión y estableció que solo accedería con una condición: que Diego partiera a hacer fortuna por el mundo y en el plazo de cinco años recuperase la fortuna de su familia. Él aceptó e Isabel prometió esperarlo.

El padre de Isabel, sin embargo, no esperó los cinco años y, ansioso por casar a su hija, a la cual respetó hasta que cumplió los 20 años, amañó un matrimonio con don Pedro de Azagra, señor de Albarracín. Isabel, como ya habían pasado más de cinco años y no recibía noticias de su amado Diego —al que creía muerto en las guerras musulmanas—, accedió a lo que su padre llevaba años pidiéndole.

El motivo del retraso fue que Marcilla, luchando contra los almohades en tierras de Valencia, fue seducido por una de las esposas del emir de Valencia, Zulima. Éste la rechazó y ella trató de impedir de todas las formas posibles el regreso de Diego a Teruel, a fin de que expirase el plazo de cinco años y no pudiera casarse con su prometida cristiana.

El mismo día de la boda de Isabel con don Pedro, llegan a Teruel las noticias de que Juan Diego Garcés Martínez de Marcilla había regresado a Zaragoza, con grandes riquezas y con el deseo de casarse con su amada Isabel. Se contaba que había ganado más de cien mil sueldos luchando contra los moros, por mar y por tierra, y que volvía inmensamente rico. Pero para cuando llegó a Teruel, Isabel ya se había casado con Pedro. Y aunque Marcilla trató de todas las formas posibles de recuperarla, ella, mujer honesta, se negóa tenerlo como amante. Diego se coló en la cámara nupcial de Isabel la misma noche de bodas. La conversación se complicó y pasó pronto de los delirios amorosos a las acusaciones y reproches. Al final, Marcilla, calmado, únicamente pide un beso y un abrazo a su antiguo amor. Pero Isabel, que ya es la esposa de otro hombre, se lo niega de forma brusca y vuelven los reproches. El diálogo, muy intenso, finaliza así:

ISABEL: ¡Para esto di mi mano!
MARSILLA: ¡Desdichada…!
ISABEL: ¿Qué es lo que hiciste?
MARSILLA: Tu traición revelas. ¡Impostora! -¡Y decía que me amaba!
ISABEL: ¡Hombre de maldición! ¡Ojalá nunca de Teruel las almenas avistaras! ¡Cruel! ¿Amor a reclamar te atreves de una mujer por ti despedazada? Ya te aborrezco.
MARSILLA: ¡Oh, Dios! ¡Ella lo dice! (Cae en un escaño como herido de un rayo.)  No puedo más.
ISABEL: ¡Qué miro! Se desmaya… Perdóname un momento de despecho…
MARSILLA: Isabel me aborrece… ¡Me engañaba! Aquí siento… ¡qué angustia! Yo la adoro… y ella me aborrecía… ella me mata. (Muere.)

En definitiva, Diego muere de amor despechado e Isabel muere al día siguiente, también de amor, durante el entierro del joven, no sin antes haberla dado al difunto el beso de amor que le había negado en vida.

La historia de Isabel y Diego es, sin duda, la más famosa de Aragón y todos los años se representa en Teruel, en torno al 14 de febrero, día de los enamorados (San Valentín), con la participación del pueblo. Isabel y Diego son los Romeo y Julieta aragoneses.

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La Cruz del Sobrarbe

A las afueras del pueblo medieval de Aínsa se eleva un templete en recuerdo de la batalla que ganaron los cristianos a los musulmanes, una batalla en la que la leyenda dice que se les apareció una cruz en llamas sobre una carrasca, lo cual fue todo un revulsivo para las mermadas fuerzas militares de los sobrarbenses. En la actualidad, Aínsa sigue celebrando la fiesta de La Morisma en la que se rememora el triunfo de los ejércitos cristianos sobre los musulmanes a la puertas de la villa, en el año 724.

Según la leyenda, antes de la batalla, el número de musulmanes era muy superior al de los cristianos; sin embargo, éstos vencieron gracias al ánimo que les dio su jefe Garci Jiménez y, sobre todo, porque en plena lucha se les apareció sobre una carrasca una gran cruz roja resplandeciente, lo cual fue tomado como un buen presagio.

Testimonio de la enorme trascendencia de este hecho legendario es que, hoy en día, la carrasca y la cruz roja se mantienen en el escudo de la comarca del Sobrarbe y en el de la Comunidad Autónoma de Aragón.

La montaña de Formigal

Anayet y Arafita eran los dioses más pobres de la montaña, les habían despojado de sus pinares y abetales, hasta sus ganados escaseaban en sus senderos, que se habían convertido en pasos de contrabandistas. Anayet y Arafita eran trabajadores, honrados y felices y tenían una hija preciosa, la diosa Culibilla, a la que el cielo había dotado de todas las bellezas y cualidades. Nada quería saber de las pretensiones galantes de los dioses pirenaicos. Sus mejores afectos eran hacia los corderillos que competían en blancura con los inmensos heleros y glaciales que rompían el verdor de las montañas. Y más aún, amaba a las humildes y trabajadoras hormigas blancas que, durante el verano, continuaban blanqueando la montaña, hasta el punto que Culibilla la bautizo con el nombre de Formigal.

La tranquila paz se acabó el día que Balaitus se enamoró ardientemente de Culibilla. Balaitus era fuerte, poderoso, temido por todos y nadie se oponía jamás a sus deseos. Él amasaba las terribles tormentas del Pirineo y forjaba los rayos, capaces de destruir todo cuanto le rodeaba. Era violento cuando se enfadaba y hacía correr sus carros por encima de las nubes, estremeciendo hasta los cimientos de las montañas.

Culibilla lo rechazó, pero en mal momento, ya que a él era la primera vez que lo rechazaban y juró raptarla.

En tres zancadas se presentó Balaitus ante Culibilla, decidido a cumplir su propósito. Las montañas todas estaban atónitas, sin atreverse a defender a la diosa. Y dice la leyenda que entonces Culibilla, al verse perdida, gritó: "¡A mí las hormigas!" A millares acudieron de todos los sitios las hormigas blancas que empezaron a cubrir a Culibilla ante los ojos de Balaitus quien, horrorizado, emprendió la huida. Culibilla, en el colmo de la amistad y el agradecimiento, se clavó un puñal en el pecho para guardar dentro junto a su corazón a todas las hormigas: es el forau de Peña Foratata. Y cuentan que los que suben al Forau de la Peña pueden oír claramente los latidos de Culibilla, la diosa agradecida. Y aseguran también que en Formigal, desde entonces, ya no hay hormigas blancas: todas las tiene ella guardadas en su corazón.

Leyendas españolas

La leyenda de la mariposa

Cuenta la leyenda que, en una aldea asturiana, hace mucho tiempo, vivía un rico labrador, viudo y padre de dos hijas, Inés y Clara, siendo la primera su preferida, entre otras cosas porque era la única de la dos que nunca le contradecía y siempre le complacía en todo cuanto le pedía.

Como era de esperar, cuando Inés estuvo en la edad de comenzar a pensar en el matrimonio, no puso ninguna objeción al pretendiente que su padre le había asignado para tal fin. Con Clara no obtuvo el mismo resultado. Esta eligió con el corazón y tanta fue la ira que provocó en su padre que la desheredó, prohibiéndole además que se acercara a él y a su hermana, ni tan siquiera a la casa donde había nacido.

Inés se consumía en la tristeza, no solo por no poder estar cerca de su hermana, sino también porqué sabia de las necesidades que tanto esta como su marido pasaban. Pero el temor a su padre podía más que su pesadumbre, y los días pasaban e Inés seguía sin hacer nada para mejorar la situación de Clara. Cuando el labrador murió, vio finalmente una oportunidad para poder hacer lo que su corazón llevaba meses reclamándole, pero en esta ocasión fue su marido el que le prohibió que lo hiciera, argumentando que eso sería como contravenir la voluntad del difunto padre.

El día que se celebraba la misa por el alma del difunto, Inés rezó con toda su alma para que Dios le permitiera encontrar el modo de favorecer a Clara, y en eso estaba cuando de pronto sintió un gran peso sobre su cabeza. Levantó la mano y una mariposa se elevó en el aire. No podía creer que un pequeño insecto pudiera pesar tanto. Primero, pensó que era fruto de su imaginación, pero el suceso se repitió varias veces, ya no tenía dudas: el gran peso que sentía sobre su cabeza era provocado por la mariposa.

Al acabar la misa, le contó a su marido lo que le había sucedido. Este se río de ella y después no le hizo el más mínimo caso. Sin embargo, a los pocos pasos, fue el marido quien levantaba la mano hacia su cabeza por el gran peso que sentía sobre ella y quien veía elevarse una mariposa ante sus ojos. Y así fue durante todo el camino de vuelta a su casa, e incluso continuó cuando ya estaban dentro. La mariposa se movía de una cabeza a otra continuamente, presionando la cabeza de los esposos, hasta que finalmente Inés le insistió a su marido de que eso era una señal divina que se les enviaba para que ayudaran a Clara. El marido, ante la insistencia de su esposa y de la mariposa, accedió a repartir la cuantiosa herencia de su suegro con sus cuñados.

Y así se hizo, y cuentan que en el día en que los lazos de las dos familias se restablecieron, vieron a una mariposa volar alegremente entre ellos, para después marchar volando alto, muy alto, hasta que finalmente la perdieron de vista, no volviéndola a ver nunca jamás.

Amarca, leyenda guanche

La leyenda habla sobre la bella doncella indígena que vivía en los montes altos de Icod de los Vinos, en Tenerife, una de las Islas Canarias. Se dice que era tan gallarda su figura y tan peregrina su belleza que despertaba la envidia de todas las demás mujeres de su entorno. Su morada parecía un nido colgado de las afiladas crestas de la montaña. Hasta ese rústico lugar, llegó un día el Mencey Belicar, el último rey de los dominios de Icod y, al ver la belleza de la joven, quedó prendido y enamorado para siempre de la bellísima Amarca.

La noticia corrió como pólvora por todo el menceyato, pero Amarca, a pesar de lo humilde de su linaje, era altiva y desdeñosa y, al verse asediada de amores por muchos hombres, sembró mucho dolor y decepción en sus amantes. Las gentes del lugar se preguntaban para quién seria el corazón de la bella hija del Teide.

Pronto llegó un nuevo pretendiente, uno de los mas aguerridos vasallos del Reino, Gariaiga el Pastor, quien había enloquecido por Amarca; pero ella desdeñaba su cariño y repudiaba su pasión desenfrenada. Esquivaba al hijo del Volcán, el pastor de tez morena y brazos recios como robles.

Enloquecido por el dolor de verse desdeñado, mientras el sol teñía de sangre las plateadas aguas del Atlántico, se vio a Gariaiga al borde de un precipicio arquear su cuerpo hacia delante, hundir la cabeza en su pecho y lanzarse veloz hacia el abismo. Las mujeres culpaban al egoísmo de la joven y a sus desdenes de la triste muerte del pastor y la noticia del trágico suceso no tardó en extenderse por todas partes.

De pronto, Amarca desapareció, nadie sabía el destino de la joven doncella. Solo un anciano que una mañana la había visto descender de las cumbres y caminar como una sonámbula hasta las orillas del mar, estaba en posesión del secreto. Una semana más tarde, el anciano contó que la vio lanzarse al abismo y después de luchar con el bravo oleaje, llevósela mar adentro un ola alegre y corretona como un niño.

Desde entonces, cuando algún caminante nocturno cruza las cumbres del Teide, puede oír aun un lamento extraño y escalofriante. Es la voz débil, apagada y triste que parece surgir del fondo de los barrancos. Es la voz de Gariaiga que eternamente sigue llamando a su amada: "…Amarca… Amada Amarca…"

La Cornudilla, el pueblo maldito

Casa de los ruidos (exterior)

Los cuarenta habitantes de la pedanía de la Cornudilla (Comunidad Valenciana), tuvieron que abandonarla en los años cincuenta, a consecuencia de una sucesión de fenómenos extraños que sucedían en las viviendas y que acabaron aterrorizando a los vecinos.

Casa de los ruidos (interior)

Todo comenzó con las habladurías entre las gentes del pueblo de que en sus casas, por las noches, podían escucharse conversaciones, voces, susurros, lloros, de lo que ellos llamaban “duendes”. A veces, los ruidos eran tan fuertes que las personas tenían que salir a dormir a la calle y los perros se ponían a ladrar como locos.

En ocasiones, según los ancianos de los pueblos cercanos que entonces eran niños, algunas herramientas y objetos se veían sacudidos por manos invisibles y extrañas.

Pero podría considerarse que el acontecimiento que provocó el espanto y huida de las gentes del pueblo fueron los hechos desarrollados en la conocida hoy como Casa de los ruidos. Ese nombre que le fue dado entonces por los lugareños ha permanecido a lo largo de sesenta años hasta hoy día.

En La Cornudilla, resiste una modesta casa apartada unos metros del resto de edificaciones derruidas, enclavada en un campo, junto a un enorme árbol que proyecta inquietantes sombras sobre sus muros. Si se la mira desde el camino que procede de Los Ruices, parece intacta, como si los años de abandono no la hubieran perjudicado. Pero si se observa desde el lado contrario, su interior queda al descubierto y se aprecian sus entrañas de madera y piedra. Dentro, hay una escalera que conduce al piso superior, el lugar de donde proceden los extraños sonidos o raps que la han convertido en famosa.

El Papamoscas de la catedral de Burgos

Papamoscas, Catedral de Burgos

El rey Enrique III "El Doliente" acudía por costumbre a rezar a la Catedral de Burgos.

Un día, mientras realizaba sus oraciones, se distrajo con la presencia de una hermosa muchacha que entró en el templo con la misión de rezar ante la tumba de Fernán González.

El rey la siguió al salir, hasta verla entrar en una vieja casona y, a lo largo de varios días, la misma escena se repetía.

El monarca era demasiado tímido para intentar tener una conversación con la mujer, hasta que un día ella dejó caer un pañuelo al lado del rey, el cual lo recogió y se acercó ella, se lo devolvió en silencio, sin que mediara palabra en ese encuentro. Solo después de desaparecer más allá de la puerta, el rey escuchó un doloroso lamento que se le clavó en la memoria sin poderlo ya desterrar.

A partir de entonces, la muchacha nunca volvió a aparecer por la catedral y el monarca pasaba días esperándola y buscándola por todos los rincones.

Cuando trató de saber algo de ella, le confirmaron que en la casa donde le había visto entrar todos los días hacía muchos años no vivía nadie, porque todos sus habitantes habían fallecido de la peste negra.

Deseando retener aquella idílica visión de la joven en su memoria, encargó a un artífice que fabricara un reloj para la catedral. Éste debía reproducir los rasgos de la muchacha en una figura que, además, al sonar las horas, lanzase un gemido como el que él había escuchado y no podía borrar de su recuerdo. Desgraciadamente, el artífice no logró siquiera aproximarse a la belleza que le había descrito el monarca. A la hora de reproducir su lamento, solo logró que el muñeco lanzase un graznido, que años después se optó porque desapareciera.

Ponce de León y la Fuente de la Eterna Juventud

Boabdil y la conquista del reino de Granada

Don Rodrigo y La Cava

Leyendas europeas

La dama de Shalott

Se dice que su personaje se basa en Elaine, la bella dama de Astolat. Ha sido objeto de muchas obras de arte, poesía y ficción. Elaine era la única hija de Bernard de Astolat. En Lancelot y Elaine y en The Idylls of the King (1859), de Lord Alfred Tennyson, era una mujer modesta y humilde. Pero en la leyenda artúrica, era una dama de alto linaje.

La leyenda de Elaine, la blanca dama de la isla de Shalott, nos remite a una bella encerrada en la torre de un castillo a la que un hechizo le obliga a mirar el mundo a través de un espejo. Confinada en su prisión, Elaine se limita a observar el paso de la vida y a recrearla tejiendo maravillosos tapices esperando a un Ulises, a un caballero que la libere de su cautiverio. El apuesto galán artúrico que lo hará será el bello Lancelot.

Elaine daría pie a una leyenda preciosa. La bella, misteriosa hasta el punto de que nunca ha quedado claro si era hada, doncella encantada o dama prisionera de algún brujo, comenzaba a desesperarse encerrada en su torre. Quería asomarse a la vida a través de sus propios ojos. El tiempo se le hacía lento, los tapices que tenía que tejer infinitos… Ansiaba la libertad. Y de golpe, llegó Lancelot y ella no pudo evitarlo: se enamoró perdidamente de un amor imposible y abandonó su torre. Entonces, la maldición que la condenaba se cumple. El espejo por el que miraba el mundo se rompe y un susurro le anuncia su trágico final. Los tapices vuelan, llevados por el viento y la dama de Shalott supo que su destino se cumpliría ese mismo día. Abandona la torre y se sube a una barca. Ella misma sería su caronte. Su final es su rendición, su abandono, su conformidad, su melancólica huida.

En otra versión de la leyenda, The Ballad of Elaine, de Sydney Fowler Wright, Lancelot, famoso caballero de la corte del rey Arturo, viaja a Astolat de incógnito para competir en un torneo. Elaine se enamora profundamente de él y le solicita que lleve una prenda blanca en su honor en el torneo, a lo que él no habría accedido a causa de su amor por la reina Ginebra, la esposa de Arturo. Lancelot es herido en el torneo por Bors y cae enfermo. Elaine permanece junto a él día y noche, cuidándolo hasta que se recupera. Cuando por fin Lancelot se restablece, le anuncia que se irá. Elaine le pide que se quede y se case con ella, pero el amor por Ginebra es demasiado fuerte. Lancelot deja Astolat y Elaine, a los pocos días, muere de tristeza.

Su familia coloca el cuerpo de Elaine en una barca y la deja a la deriva en el río Támesis, con un lirio en una mano y una carta de su puño y letra en la otra. La barca llega hasta Camelot, donde es descubierta por la corte. La dama empieza a ser llamada la pequeña doncella del lirio. Lancelot es convocado de inmediato y escucha el contenido de la carta redactada por Elaine. Conmovido, explica lo sucedido al Rey y se encarga de costear un espléndido funeral para la muchacha.

Una leyenda trágica, de amores imposibles, cuyo principal propósito parece ser revelarnos hasta qué punto la pasión prohibida de Lanzarote por Ginebra era indestructible.

Tristán e Iseo

Sir Gawain y el caballero verde

La leyenda de Excalibur

Robin Hood

Cuenta la leyenda que, hace mucho, mucho tiempo, vivía un bandido en las inmediaciones del bosque de Sherwood, en el condado de Nottinghamshire.

Robin Hood

Pero no se trataba de un forajido cualquiera, sino de uno con fines altruistas: el de robar a los ricos para dárselo a los pobres.

Por aquella época, se producían muchas injusticias sociales, y los aldeanos tenían que pagar muchos impuestos a la realeza, hecho que no estaba nada bien, a ojos de nuestro protagonista. Su nombre, Robin Hood o Robin de los Bosques, el cual se pasaba la vida retando al sheriff de Nottingham y elaborando emboscadas para conseguir devolverle al pueblo lo que le correspondía, su dinero robado mediante grandes tasas.

Dicen que Robin era el mejor arquero de toda Inglaterra y que, a través de su arco y sus flechas, ejercía el bien. En esta época, la nobleza tenía mucho poder y cualquiera que se atreviera a plantarle cara era tachado de enemigo público.

Robin viviría en el bosque para llevar a cabo su 'venganza' contra el rey y los suyos, hasta que una vez cayó herido gravemente y se refugió en el convento de Kirklees.

Antes de fallecer, lanzó una flecha a través de una ventana y pidió ser enterrado en el lugar en el que cayera la misma.

Actualmente, una lápida señala el lugar en el que supuestamente este hecho ocurrió y en donde Robin fue sepultado.

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La leyenda de Drácula

Del mismo modo que Sherlock Holmes es el detective más conocido o Don Quijote el loco más famoso del mundo, Drácula gana el oro, sin lugar a dudas, en ser el más popular de los vampiros. La mayoría lo conocieron a oscuras, ante cientos de escalofriantes fotogramas que los mantenían inmóviles en sus butacas. No en vano, Drácula es el personaje de ficción más veces llevado a la gran pantalla. Sus colores son el rojo sangre, el negro sobrio y el blanco oxigenado; no se refleja en los espejos; no tolera la luz y, un detalle importante, nuestro solitario diurno comparte sus noches con una legión de mujeres de curvas sinuosas y cuellos mordidos, en un castillo irremediablemente aislado del mundanal ruido.

Pero sí hubo un Drácula real, aunque bien distinto del mito literario y cinematográfico. El Drácula real no fue nada romántico, aunque sí hubo mucha sangre en su vida. Vlad III, señor feudal de los Cárpatos, apodado Draculea (el hijo del diablo), era el primogénito del príncipe de Valaquia, territorio de la actual Rumanía,Vlad II, también llamado Dracul (diablo) por su crueldad y sangre fría, características que heredó su hijo. Murió en 1476, en Rumanía, asesinado en una emboscada, probablemente llevada a cabo por sus propios soldados, quienes entregaron su cabeza a los turcos. El trofeo fue colgado de una estaca en el centro de Estambul. Vlad es considerado un personaje importante de la historia de su país, incluso admirado y defendido por algunos que lo consideran un patriota que castigaba a traidores y ladrones. No hay que olvidar que, en aquellos tiempos, el territorio rumano era acosado por el Imperio Otomano, por los húngaros y, en el interior, por nobles sanguinarios que luchaban entre sí con ferocidad.

Vlad III reinó en Valaquia de 1456 a 1462 y aterrorizó a sus súbditos con asesinatos en masa. Se cree que liquidó a más de cien mil personas y que disfrutaba asistiendo a muertes lentas, que incluían torturas, descuartizamientos y sobre todo empalamientos, de donde le viene su siniestro apodo, Vlad Tepes ("el empalador"). Pero no parece probable que mordiera cuellos. Fue un tirano y un guerrero cruel, pero no un vampiro. Esa cualidad le fue atribuida en las narraciones germánicas y rusas inspiradas en la mitología rumana del vampirismo.

Vlad vivió una infancia traumática, pues fue entregado por su padre a los turcos, sus aliados contra los húngaros, y fue criado por el sultán Murat II, padre de Mehmet II. En Rumanía fue venerado como paladín de la cristiandad contra la invasión musulmana, pese a que siempre se le representa con la estrella de ocho puntas, nunca con una cruz. Jamás se supo qué ocurrió con sus restos, supuestamente enterrados en el monasterio de Snagov.

Años más tarde, Bram Stoker tomó al personaje para ser la versión que hoy conocemos como Drácula. La fusión que hizo el escritor de terror y dramatismo convierte Drácula en una obra magistral, llevada varias veces a Hollywood. Por las novelas, lo asociamos con un vampiro sádico, pero refinado y romántico, que regresa de las tinieblas en busca de cuellos jóvenes que alimenten su eterno deambular por la noche de los tiempos.

Más información:

Bibliografía, webgrafía

  • CALERO HERAS, José, "Tema 4. Literatura medieval", en Literatura universal. Bachillerato. Barcelona, Octaedro, 2009, pp. 54-76.
  • IBORRA, Enric, "Tema 3. Literatura medieval", en Literatura universal. Bachillerato. Alzira, Algar, 2016, pp. 54-84.

Edición, revisión, corrección

  • Primera redacción (diciembre 2017): Letraherido, Soraya Fuentes, Sabrina Yahi, Bianca Barbat
  • Revisiones, correcciones: Letraherido