Los temas morales (traición y supervivencia, muerte y libertad)

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Breve biografía de Antonio Buero Vallejo (1916-2000)

Antonio Buero Vallejo (Guadalajara, 29 de septiembre de 1916 - Madrid, 28 de abril de 2000) fue un dramaturgo español ganador de múltiples premios, desde que recibió el primero, el Premio Lope de Vega en 1949, con Historia de una escalera.

Estudió Bachillerato en Guadalajara (1926-1933) y pronto se despertó su interés por las cuestiones filosóficas, científicas y sociales. Comenzó a escribir unas Confesiones que luego destruyó.

En 1934, la familia se trasladó a Madrid, donde ingresó en la Escuela de Bellas Artes.

Al comenzar la Guerra civil, quiso alistarse como voluntario, pero su padre se lo impidió.

Al finalizar la guerra, Buero se encontraba en la Jefatura de Sanidad de Valencia, donde se le recluyó unos días. Pasó un mes en el campo de concentración de Soneja (Castellón) y, finalmente, le dejaron volver a su lugar de residencia con orden de presentarse a las autoridades, orden que no cumplió. Comenzó a trabajar en la reorganización del Partido Comunista. Fue detenido en mayo o junio de 1939 y condenado a muerte con otros compañeros por «adhesión a la rebelión». Tras ocho meses de angustia, se le conmutó la pena por la de reclusión durante treinta años.

Tras seis años entre rejas, fue liberado y se reincorporó con éxito a la vida teatral española, siendo cada vez más reconocido. Fue nombrado miembro de número de la Real Academia Española en 1971, ocupando el sillón X, y galardonado con el Premio Cervantes en 1986 y el Premio Nacional de las Letras Españolas en 1996.

Antonio Buero Vallejo falleció en el hospital Ramón y Cajal de Madrid, a causa de una parada cardiorrespiratoria, a los 83 años de edad.

Relación de obras principales de Antonio Buero Vallejo

  1. Historia de una escalera (1949).
  2. En la ardiente oscuridad (1950).
  3. La tejedora de sueños (1952).
  4. El tragaluz (1967).
  5. La Fundación (1974).

Temas morales de La Fundación (1974), de Antonio Buero Vallejo

La obra La Fundación se estrenó en 1974, en los últimos años de la dictadura franquista. La censura estaba más debilitada, pero seguía manteniendo el control sobre los medios de comunicación. Para esquivar los rigores del censor, Antonio Buero Vallejo escribió en una línea posibilista: ajustó el mensaje que quería transmitir a las exigencias de la censura recurriendo al simbolismo y a la dimensión histórica.

La Fundación es presentada como una fábula que plantea al espectador la lucha entre realidad y ficción, entre apariencia y realidad, en la que, poco a poco, va triunfando la verdad. Como siempre en la obra de Buero Vallejo, la lucha de los hombres contra sus limitaciones para conseguir la libertad nos enfrenta a nosotros mismos con ese mismo reto.

Si hablamos de las influencias de Buero Vallejo a la hora de escribir este drama, La Fundación, cabe destacar su etapa como preso político por su participación en el Partido Comunista de España. Esa experiencia personal se percibe debajo del texto. De todas formas, la intención del autor es superar lo particular para reflexionar sobre lo universal, es decir, su denuncia no se limita a un hecho concreto, sino que pretende cuestionar aspectos fundamentales de la vida y de la condición humana, más allá de las circunstancias particulares. Es verdad que el texto de La Fundación reflexiona sobre la tortura, la opresión y el totalitarismo, pero siempre de una manera general, no ciñéndose a una sociedad y un momento histórico concretos.

Como tema principal, podríamos destacar entonces la búsqueda de la verdad y la lucha por la libertad, lo que se ve en cierto modo representado en el proceso de cambio sufrido por el protagonista, Tomás. Como subtemas, podríamos destacar un deseo de superación, el ideal de la libertad, la crítica a la opresión o de la situación de las cárceles después de la guerra civil.

La Fundación encierra, al menos, un doble significado:

  • Político y literal: una meditación sobre la libertad y la esclavitud, sobre la opresión que los regímenes totalitarios ejercen sobre los individuos que no se pliegan a sus estrictos códigos de comportamiento. Es la interpretación que mayor fuerza cobró en el momento de su estreno, en 1974, cuando el franquismo se encontraba ya en sus postrimerías. La obra queda así emparentada con En la red, de Alfonso Sastre, al denunciar prácticas habituales en el franquismo como la tortura, la delación, la represión y la pena de muerte.
  • Simbólico y permanente: en una línea existencial, podemos considerar que la vida es también una cárcel, sórdida e interminable, en la que permanecemos secuestrados bajo la amenaza omnipresente de la muerte, a la espera de que el Ser Supremo -o el caprichoso azar- decida arrancarnos de nuestro habitáculo terreno. De esa áspera realidad, se evaden los hombres -al igual que Tomás- mediante ensoñaciones, se dejan alienar por bienes de consumo o cosas amables y apetecibles que les hacen olvidar su destino inexorable. En este sentido, podríamos decir que Buero Vallejo retoma la vieja filosofía neoplatónica, que veía en el cuerpo "la cárcel baja, escura" del alma, y le da una nueva lectura existencialista.

Otros subtemas que aparecen en la obra son:

  • La locura. Los locos son numerosos entre los personajes de Buero y con frecuencia el temor, el desconcierto, la insatisfacción o alguna emoción violenta llevan a los personajes a interrogarse acerca de su propia cordura o de la cordura ajena. El caso de Tomás corrobora en cierta medida dicha afirmación, ya que su mundo irreal no excluye ciertas apreciaciones muy certeras acerca de sus compañeros de celda, así como un entendimiento inconsciente de su situación, reflejado en los imaginarios diálogos con su "novia", Berta. El tema de la locura tiene largo recorrido literario: Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam; El Quijote cervantino, etc.
  • La culpa. Los culpables se dividen en dos categorías, según su culpa sea justificable o no. La de Max no lo es, ya que traiciona a los suyos espontáneamente para obtener mejoras personales y paga su culpa con la muerte: es ajusticiado por Lino. No hay que olvidar que la responsabilidad del culpable es, en cierto modo, compartida. Asel o Tomas son responsables individualmente por no haber sabido resistir la tortura y haber delatado finalmente a sus compañeros. Pero la sociedad entera tiene responsabilidad colectiva, como cómplice activo o pasivo, por tolerar la represión institucionalizada.
  • El contraste ficción-realidad, muy presente en la obra. Un ejemplo claro es la huida de Tomás a través de la ficción de la Fundación, donde vive en su mundo idílico. Pero Tomás tropieza con la realidad cuando comienza a darse cuenta de que la Fundación no es tal, sino una cárcel donde él y sus compañeros deben esperar el día de su ejecución, pues todos estaban condenados a muerte. La obra muestra cómo se puede llegar a perder la noción de lo real, cómo se cruza la fina línea que separa realidad de ficción. Tras este diálogo que copiamos, Tomás empieza a darse cuenta de la realidad:
TOMÁS: Esos portazos...
MAX: Los oyes [varias veces] cada día.
TOMÁS: Sí… Ya lo sé.
  • La verdadera dimensión del ser humano: Berta, la novia imaginaria de Tomás, tiene un ratoncito que se llama como él y del que el protagonista se compadece en un momento determinado de la primera parte: "¡Pobre Tomás!" Metafóricamente, el ratón representa al ser humano, indefenso, minúsculo, víctima del azar o de la represión sin que lo pueda evitar. La escena nos lleva inevitablemente a recordar, dentro de la tradición literaria, la obra del Nobel norteamericano William Faulkner De ratones y hombres. Un repaso a nuestra insignificancia, a pesar de que nos creamos tan grandiosos como el mismo Dios.

Traición y supervivencia

En La Fundación hay tres traidores: Asel, Tomás y Max.

Los dos primeros delatan a sus compañeros porque no pueden soportar la tortura. Por debilidad, no por maldad. En Asel, la traición crea en él un sentimiento de redención a través de la solidaridad. Es por eso por lo que decide convertirse en líder de sus compañeros y por lo que organiza la huida a través del túnel. También es él quien intenta que Tomás recupere la cordura y quien se comporta con él con gran humanidad, pues ha adquirido la capacidad del perdón. Asel es el sostén de Tomás, en cierta forma porque se ve reflejado en él y perdonándolo y ayudándolo se reconcilia también consigo mismo. Asel es el más comprensivo de los personajes. Su propia debilidad le ha hecho tolerante con las debilidades de los demás. Es un hombre experimentado, filósofo de cuño rousseaniano para quien el hombre es bueno por naturaleza; es la sociedad la que lo corrompe y convierte en traidor. El hombre se ve obligado a sobrevivir en una jungla opresora y cruel. Su bondad natural es corrompida por la sociedad.

Sin embargo, Tomás todavía no ha superado su sentimiento de culpa. Desde su traición, su mente elucubra la mentira de La Fundación como un mecanismo de salvaguarda o autoprotección. Tomás cree que se encuentra en un lugar donde todos viven rodeados de lujo. Poco a poco, irá tomando conciencia de la realidad. Dejará de ser un mero espectador, un personaje pasivo, y pasará a la acción, ocupando el lugar de Asel cuando este muera.

Max también es un traidor, pero él ha vendido a sus compañeros para obtener ventajas personales, por medro personal, por conseguir mejoras en su vida carcelaria. No ha sido sometido a tortura, no ha confesado por debilidad o sometido a presión, sino para beneficiarse. Libremente opta por el mal. Su actitud es innoble y, por eso, Lino lo ejecuta finalmente, en un momento de desorden en la prisión. Hasta entonces, Lino había permanecido un tanto ajeno a todo, en una actitud de despreocupada reserva. Ahora decide pasar a la acción, aunque de una manera brutal, ejerciendo una violencia excesiva, que Buero por boca de Tomás.

En cuanto a los otros personajes, Tulio es incapaz de soportar la «enfermedad» de Tomás. Sólo Asel se empeña en que el muchacho se cure, en una constante tensión entre él y los demás condenados. La convivencia en la celda en esa situación límite se hace difícil, incluso entre compañeros con idénticos ideales de libertad.

En La Fundación, las traiciones de los personajes, incluso la del innoble Max, no se conciben como actos de maldad, propios de personas perversas. Es simplemente algo que se ven obligados a hacer por una cuestión de simple supervivencia en una sociedad cruel y opresora, que aplasta con violencia a quienes no están dispuestos a someterse. Buero dibuja en La Fundación el retrato de una sociedad totalitaria, opresiva, en la que es necesario sobrevivir: Tomás sobrevive a la tortura delatando a sus compañeros. Y a la delación, generando la fantasía de la Fundación. Max sobrevive como puede, convertido en el soplón de la celda (hasta que lo mata Lino); Asel y Tulio intentan sobrevivir ideando su plan de fuga… La supervivencia es así el motor de la esperanza, el anhelo de la libertad.

Muerte y libertad

La libertad -o, mejor dicho, su ausencia- viene marcada de inicio por el espacio en que se desarrolla la obra: la cárcel. Como en el teatro de otros autores contemporáneos, en La Fundación la idea de la cárcel se interioriza. La mente se revela como el sitio de verdades oscuras que deben ser asumidas. La lucha por la libertad entraña también un viaje hacia adentro, a un centro interior que es donde el individuo debe vencerse a sí mismo, enfrentándose a sus errores pasados y asumiéndolos. La celda que se ve en La Fundación y los espacios cerrados tan típicos del teatro de Buero son metáforas que expresan la falta de libertad tanto del individuo como de la sociedad.

La prisión de la Fundación tiene en realidad una dimensión metafísica, perceptible hasta la evidencia cuando Asel afirma que tras esa cárcel hay otra, y otra después de ella. El modo de enfrentarse a esas limitaciones del mundo, de aspirar a la verdad y a la libertad, está justamente en la acción. Ese es el remedio de Buero. Actuar para cambiar las cosas. Aunque no lo consigamos.

En La Fundación hay ocasiones en que “muerte” y “libertad” se identifican: Asel trata de convencer a los otros presos de que hay que actuar, de que hay que luchar por alcanzar esa libertad que se les prohíbe. Él mismo parece escoger la muerte como forma suprema de actuación para conseguir la libertad: decide suicidarse; primero, porque es la única decisión libre que puede tomar en la cárcel; después, porque su muerte (y el no ir al interrogatorio, donde sabe que no soportará la tortura sin delatar a sus compañeros) es la puerta hacia la libertad de los otros, de Tomás y Lino.

Al mismo tiempo, la muerte también podemos verla como una liberación para Tomás: en la última escena, sonríe al salir de la celda, camino de las unidades de castigo o del pelotón de ejecución; parece que ambas opciones significan lo mismo: la liberación de la celda y el logro de la libertad definitiva, total.

Bibliografía, webgrafía

Trabajos de los alumnos

Edición, revisión, corrección

  • Primera redacción (enero 2018):
  • Revisiones, correcciones: Letraherido.