El ensayo italiano: los espejos de príncipes. Nicolás Maquiavelo (1469-1527) y Baltasar de Castiglione (1478-1529)

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Los denominados Espejos de Príncipes eran obras que recogían un conjunto de directrices morales y de gobierno dirigidas a inspirar la actuación de un buen soberano cristiano; en ellos, se incluían referencias a aspectos muy diversos de la educación del futuro rey, destacando la Corte y la Administración. Eran los manuales llamados "ad usum Delphini" (para uso del Delfín, del nombre que los franceses daban al heredero de la corona).

Aunque presentados como obras dirigidas a la educación del príncipe, los Espejos constituyen una reflexión genérica sobre el poder y su ejercicio, sobre la base de esta premisa: una parte importante de los problemas políticos se podrían resolver contando con un rey que se ajustase a un ideal ético, pensando que el reino reflejaría su imagen.

Entre estos manuales para soberanos, los más destacados son: El príncipe, de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), y El cortesano, de Baltasar de Castiglione (1478-1529).

Nicolás Maquiavelo (1469-1527), autor de El príncipe (1513)

Nació el 3 de mayo de 1469, en el seno de una antigua familia florentina.Hijo de Bernardo dei Niccolo Macchiavelli, jurisconsulto, y de Bartolommea dei Nelli. Trabajaba como funcionario cuando comenzó a destacar al proclamarse en el año 1498 la República en Florencia. A los veinticinco años se le nombró secretario del gobierno Dei Dieci, encargado de la segunda cancillería de Asuntos Exteriores y Guerra de la república.De 1503 a 1506 organizó las defensas militares de la república de Florencia.

En el año 1512 los Médici retoman el poder en Florencia y es privado de su cargo y encarcelado por conspiración.Su obra más destacada es El príncipe, que le acarreó fama de cínico amoral. En ella describe el método por el cual un gobernante puede adquirir y mantener el poder político. Con frecuencia el escrito ha sido considerado una defensa de la tiranía de dirigentes como César Borgia.

Otras de sus obras son: Sobre el arte de la guerra (1520), donde trata de las ventajas de las tropas reclutadas frente a las mercenarias. Las Historias florentinas (1525). Vida de Castruccio Castracani (1520). Además de una serie de poemas, y de varias obras de teatro, entre las que sobresale La mandrágora (1518), sátira obscena sobre la corrupción de la sociedad italiana. A pesar de sus intentos por ganarse el favor de los Medici, nunca volvió a ocupar un cargo destacado.

Nicolás Maquiavelo falleció el 21 de junio de 1527 en su ciudad natal.

  • El príncipe (1513)

Su objetivo es proponer al príncipe las reglas que le han de ayudar a conseguir el éxito, esto es, el logro del honor y la gloria por medio de la buena gobernación de sus dominios y sus súbditos. Para conseguir el éxito, es necesario que el príncipe tenga la fortuna de su parte. Y para ello, el príncipe debe ser virtuoso. En este punto, Maquiavelo se separa de la tradición filosófico-política, ya que mientras los demás autores citados entienden la virtud como un conjunto de valores morales, él confiere un nuevo sentido al concepto, separándose de la moral. El príncipe debe guiar sus acciones y decisiones por el principio del éxito, sin tener en cuenta las consideraciones morales respecto a los medios.

   “El fin justifica los medios. En las acciones de todos los hombres, y especialmente
de los príncipes, se atiende al resultado. Trate, pues, un príncipe de vencer y
conservar su Estado, y los medios siempre serán juzgados honrosos y ensalzados por todos”.

Maquiavelo considera más seguro ser temido que amado, si es necesario renunciar a alguna de las dos vías. Cree que el príncipe debe conseguir la adhesión del pueblo, aunque considera que el amor o la lealtad de los súbditos no son suficientes para mantener el poder, ya que la naturaleza humana no es noble. Por ello, es necesario el temor, pero no el odio. Un príncipe no puede sostenerse si es odiado por el pueblo.

Para evitar el odio, Maquiavelo aconseja al príncipe ejecutar a través de otros las medidas que puedan acarrearle odio y ejecutar por sí mismo aquellas que le reporten el favor de sus súbditos. Las medidas que pueden producir odio se agrupan en dos categorías de prejuicios: los económicos (en los bienes) y los físicos (en las personas). Y piensa que los primeros generan más odio que los segundos.

A consecuencia del cinismo con que Maquiavelo expone sus teorías políticas, se ha acuñado el adjetivo 'maquiavélico', pleno de connotaciones negativas, que significa diabólico, urdidor, conspirador. Si se lee el capítulo XVIII de El príncipe, por ejemplo, se podrá comprobar hasta qué límite de desparpajo puede llegar el maquiavelismo:

         Capítulo XVIII - DE QUÉ MODO LOS PRÍNCIPES DEBEN CUMPLIR SUS PROMESAS
   Nadie deja de comprender cuán digno de alabanza es el príncipe que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez;
pero la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros tiempos, que son precisamente los príncipes que han hecho menos caso
de la fe jurada, envuelto a los demás con su astucia y reído de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado
grandes empresas.
   Digamos primero que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre;
la segunda, de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe saber
entonces comportarse como bestia y como hombre. Esto es lo que los antiguos escritores enseñaron a los príncipes de un
modo velado cuando dijeron que Aquiles y muchos otros de los príncipes antiguos fueron confiados al centauro Quirón
para que los criara y educase. Lo cual significa que, como el preceptor es mitad bestia y mitad hombre, un príncipe
debe saber emplear las cualidades de ambas naturalezas, y que una no puede durar mucho tiempo sin la otra.
   De manera que, ya que se ve obligado a comportarse como bestia, conviene que el príncipe se transforme en zorro
y en león, porque el león no sabe protegerse de las trampas ni el zorro protegerse de los lobos. Hay, pues, que ser
zorro para conocer las trampas y león para espantar a los lobos. Los que sólo se sirven de las cualidades del león
demuestran poca experiencia. Por lo tanto, un príncipe prudente no debe observar la fe jurada cuando semejante
observancia vaya en contra de sus intereses y cuando hayan desaparecido las razones que le hicieron prometer.
Si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno; pero como son perversos, y no la observarían
contigo, tampoco tú debes observarla con ellos. Nunca faltaron a un príncipe razones legítimas para disfrazar la
inobservancia. Se podrían citar innumerables ejemplos modernos de tratados de paz y promesas vueltos inútiles por
la infidelidad de los príncipes. Que el que mejor ha sabido ser zorro, ése ha triunfado. Pero hay que saber disfrazarse
bien y ser hábil en fingir y en disimular. Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del
momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.
   No quiero callar uno de los ejemplos contemporáneos. Alejandro VI nunca hizo ni pensó en otra cosa que en engañar a
los hombres, y siempre halló oportunidad para hacerlo. Jamás hubo hombre que prometiese con tal desparpajo ni que
hiciera tantos juramentos sin cumplir ninguno; y, sin embargo, los engaños siempre le salieron a pedir de boca,
porque conocía bien esta parte del mundo.
   No es preciso que un príncipe posea todas las virtudes citadas, pero es indispensable que aparente poseerlas.
Y hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y practicarlas siempre es perjudicial, y el aparentar tenerlas,
útil. Está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y asimismo serlo efectivamente; pero se debe
estar dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera necesario. Y ha de tenerse presente que un príncipe, y sobre
todo un príncipe nuevo, no puede observar todas las cosas gracias a las cuales los hombres son considerados buenos,
porque, a menudo, para conservarse en el poder, se ve arrastrado a obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y
la religión. Es preciso, pues, que tenga una inteligencia capaz de adaptarse a todas las circunstancias, y que,
como he dicho antes, no se aparte del bien mientras pueda, pero que, en caso de necesidad, no titubee en entrar
en el mal.
   Por todo esto, un príncipe debe tener muchísimo cuidado de que no le brote nunca de los labios algo que no esté
empapado de las cinco virtudes citadas, y de que, al verlo y oírlo, parezca la clemencia, la fe, la rectitud y la
religión mismas, sobre todo esta última. Pues los hombres, en general, juzgan más con los ojos que con las manos,
porque todos pueden ver, pero pocos tocar. Todos ven lo que parece ser, mas pocos saben lo que eres; y estos pocos
no se atreven a oponerse a la opinión de la mayoría, que se escuda detrás de la majestad del Estado. Y en las
acciones de los hombres, y particularmente de los príncipes, donde no hay apelación posible, se atiende a los
resultados. Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables
y loados por todos; porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el mundo sólo hay
vulgo, ya que las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse. Un príncipe de estos
tiempos, a quien no es oportuno nombrar, jamás predica otra cosa que concordia y buena fe; y es enemigo acérrimo
de ambas, ya que, si las hubiese observado, habría perdido más de una vez la fama y las tierras.

Baltasar de Castiglione (1478-1529) y El cortesano (1528)

Escritor y diplomático italiano nacido cerca de Mantua, el 6 de diciembre de 1478, y fallecido en Toledo, España, el 2 de febrero de 1529. Participó activamente en la política italiana de su tiempo, residiendo en la corte ducal de Urbino, tras lo cual fue nombrado embajador en Roma, donde entabló amistad con el artista Rafael Sanzio. Tras enviudar en 1520, se ordenó sacerdote, siendo nombrado nuncio apostólico en 1524, trasladándose a España. Tras el saqueo de Roma por parte de las tropas imperiales de Carlos V, el papa Clemente VII lo acusó de no haber intervenido para evitarlo, aunque Castiglione logró el perdón papal tras una carta personal al Santo Padre.

En 1529, contrajo unas violentas fiebres y murió en Toledo, sede de la nunciatura en España y, por entonces, capital imperial.

Literariamente, es reconocido por Il Cortegiano (El cortesano, 1528) una obra en cuatro partes, en forma de diálogo, en las que hace un resumen de cómo ha de ser el perfecto hombre renacentista en cuanto a instrucción, modales, relación con la autoridad, etc. La obra fue traducida al español por Juan Boscán, a petición de Garcilaso de la Vega.

  • El cortesano (1528)

Esta obra expone en cuatro libros el diálogo que mantienen durante cuatro noches varios interlocutores: una duquesa, una princesa, un cardenal, Cesare Gonzaga, el poeta Prieto Bembo, Giuliano di Medici, Ludovico di Canossa, Federico Fregoso y el Arentino.

En ella, describe el ideal educativo del Renacimiento. Para Castiglione, la educación comprende ejercicios físicos como: salto, carrera natación, lucha libre, equitación, danza, caza, juego de pelota. Todo esto ejecutado con gracia, que es la que da buen gusto y estimación. El ideal de Castiglione sigue el adagio latino "Mens sana in corpore sano". Es decir, preconiza el modelo del hombre de armas y de letras, característico del Renacimiento europeo.

En estos párrafos que transcribimos, Castiglione aboga por una naturalidad de estilo que huye de la afectación, ya que esta impide la gracia y debe ser a toda costa evitada:

   "Pero pensando yo mucho tiempo entre mí de dónde pueda proceder
la gracia, no curando agora de aquella que viene de la influencia de
las estrellas, hallo una regla generalísima, la cual pienso que más
que otra ninguna aprovecha acerca desto en todas las cosas humanas
que se hagan o se digan ; y es huir cuanto sea posible el vicio que de
los latinos es llamado afetación ; nosotros, aunque en esto no tenemos
vocablo propio, podremos llamarle curiosidad o demasiada diligencia
y codicia de parecer mejor que todos. Esta tacha es aquella que suele ser
odiosa a todo el mundo ; de la cual nos hemos de guardar con todas
nuestras fuerzas, usando en toda cosa un cierto desprecio o descuido,
con el cual se encubra el arte y se muestre que todo lo que se hace y
se dice, se viene hecho de suyo sin fatiga y casi sin habello pensado.
   De esto creo yo que nace harta parte de la gracia; porque
comúnmente suele haber dificultad en todas las cosas bien hechas
y no comunes; y así en éstas la facilidad trae gran maravilla, y, por
el contrario, la fuerza y el ir cuesta arriba no puede ser sin mucha
pesadumbre y desgracia y hácelas ser tenidas en poco por grandes
que ellas sean; por eso se puede muy bien decir que la mejor y más
verdadera arte es la que no parece ser arte. Así que en encubrilla se
ha de poner mayor diligencia que en ninguna otra cosa; porque, en
el punto que se descubre, quita todo el crédito y hace que el hombre
sea de menos autoridad. (I. 26, 143-144)

Bibliografía, webgrafía

  • CALERO HERAS, José, "Tema 5. Renacimiento y Clasicismo", en Literatura universal. Bachillerato. Barcelona, Octaedro, 2009, pp. 77-106.
  • IBORRA, Enric, "Tema 4. Los siglos XVI y XVII: del Renacimiento al Barroco", en Literatura universal. Bachillerato. Alzira, Algar, 2016, pp. 85-110.
  • Nicolás Maquiavelo,italiano, El Príncipe. Documento en la web del departamento de Lengua y Literatura del IES Avempace.
  • Pico della Mirandola, italiano, Discurso sobre la dignidad del hombre. Documento en la web del departamento de Lengua y Literatura del IES Avempace.

Trabajos de los alumnos

Edición, revisión, corrección

  • Primera redacción (febrero 2018): Vanessa Magén.
  • Revisiones, correcciones: Letraherido.